Primero miró en los bolsillos como siempre, pero allí no estaba. Luego en el sofá, debajo de la cama, en armarios y cajones... tampoco estaba en la cocina ni en el baño. Fue hacia el coche y buscó entre los asientos, en la guantera y en el maletero, no estaba por ningún lado.
No tuvo más remedio que llamar a su madre, que tenía una contrastada experiencia en encontrarlo todo. Ella miró en su casa, en la habitación donde antes dormía su hijo, en todos lados, pero no hubo manera.
Su último recurso había fallado, ya no sabía dónde buscar, eso le hizo perder la esperanza.
Perdió las ganas y la fe. Según avanzaba la tarde perdió el interés y ya por la noche perdió hasta la memoria. Al día siguiente había perdido tantas cosas que ni siquiera recordaba que es lo buscaba el día anterior.
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